Hoy terminé pensando bastante en algo que arrancó con un video bastante simple: una cuenta de Instagram que da noticias hechas prácticamente de punta a punta con inteligencia artificial.
Texto, voz, imagen, sonido.
Y lo primero que pensé fue: siendo locutor —o casi— esto debería darme bronca.
Pero no. O por lo menos no solamente eso.
A mí la inteligencia artificial me encanta. La uso muchísimo, me interesa cómo funciona y me parece increíble todo lo que ya permite hacer. Incluso esa cuenta me gusta y me parece impresionante que hayan podido construir algo así.
Después vi otro video donde hablaban de investigadores que vienen advirtiendo sobre lo rápido que está avanzando la inteligencia artificial.
Y ahí me acordé de Detroit: Become Human, un videojuego que imagina un futuro en el que los androides forman parte de la vida cotidiana y empiezan a ocupar trabajos y espacios que antes eran exclusivamente humanos.
No creo que vayamos a terminar en una rebelión de las máquinas como en el juego. Pero hay otras cosas que ya no me parecen tan lejanas.
Sistemas cada vez más parecidos a nosotros. Trabajos que cambian o desaparecen. Personas que llegan a relacionarse emocionalmente con máquinas. Y nosotros tratando de entender qué lugar les damos.
Y eso es justamente lo que me hace pensar en lo que estamos haciendo hoy con la inteligencia artificial. Porque una cosa es usarla como herramienta y otra es que empiece a hacer todo el proceso.
En el caso de las noticias, por ejemplo, no estamos hablando solamente de generar una voz o una imagen. También hay información, criterio, responsabilidad y decisiones sobre qué contar y cómo contarlo.
Entonces, ¿me gusta la IA? Sí. ¿Creo que se puede usar y aplicar en muchísimas cosas? Sí. Pero ¿hasta dónde?
Porque por más que me guste y la use un montón, si cada vez puede hacer más cosas, también creo que vale la pena pensar qué lugar queremos darle.